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La culpa fue del software

Volkswagen 14492
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He de confesar que el reciente caso Volkswagen me ha dejado primero perpleja y después algo más que inquieta.


Años y años creyendo que los productos industriales alemanes eran los que ofrecían mayores garantías de calidad. La industria alemana como ejemplo de seriedad y profesionalidad.
“¡Es alemán!” (así, con signos de exclamación) rezaba hace bien poco el eslogan de un anuncio televisivo de no recuerdo si un automóvil o un electrodoméstico. Alemán como sinónimo de calidad y exactitud.


Y ahora resulta que uno de los buques insignia de esta poderosa y prestigiosa industria ha sido pillado en una gravísima y sofisticada chapuza. De todos modos, hay que decir que las chapuzas ya no son lo que eran, ahora se precisan expertos informáticos para hacerlas y otros para detectarlas.


Una segunda sorpresa me la llevé cuando leí en una revista francesa especializada en automóviles que Volkswagen había realizado este engaño para intentar resolver una ecuación irresoluble que se le plantea a la industria del automóvil, una ecuación donde las variables son las características de los vehículos, sus niveles de emisión y su precio.


Y es cierto que los fabricantes de automóviles se enfrentan a la necesidad de fabricar motores cada vez más eficientes para compensar el incremento del peso de los vehículos (chasis más reforzados, nuevos equipos incorporados, filtros, etc.), y que, a la vez, consuman menos gasolina y cumplan rigurosamente las normas de emisión de CO2 y NOx cada vez más exigentes. Si bien es cierto que se han conseguido éxitos en este campo (inyectar la cantidad de gasolina estrictamente necesaria en cada momento, por ejemplo), al parecer, en determinados casos, la ecuación se hace irresoluble. Entonces, como no se trata de perder el mercado, hay que buscar soluciones menos legales. Y, puestos en estas, parece que el software puede ofrecer muchas posibilidades.


Cada vez se ha integrado más y más informática en nuestros automóviles, electrodomésticos, teléfonos y demás objetos cotidianos.
En los vehículos, nos encontramos con ordenadores en los que corren software que permiten controlar y regular funciones diversas. Concretamente, el software que controla el motor deberá controlar una gran diversidad de parámetros del mismo tales como la admisión, el funcionamiento del turbo o también el enriquecimiento de la mezcla carburante-aire. Para ello utilizan un gran número de datos (velocidad, temperatura, porcentaje de oxígeno en el aire, etc.).
Pues bien, ha sido en este software donde, según parece, los informáticos de Volkswagen han introducido hábilmente una función más que permite saber si el vehículo está en modo de test o en una situación normal de conducción, de forma que en el primer caso se comporte de forma menos contaminante. Hay que reconocer que la cosa no es simple y que para ello el software deberá disponer de datos proporcionados por sensores que indiquen, por ejemplo, la velocidad aparente del vehículo en el banco de ensayos.


En todo caso, nadie había detectado nada hasta que la agencia para el medio ambiente norteamericana dio la voz de alarma. Hay que tener en cuenta que en los garajes los mecánicos utilizan un banco de test que lo ha proporcionado el propio constructor y, por lo tanto, ven lo que este quiere que vean. Por otra parte, las trampas con software no son fáciles de detectar. Dicho software está almacenado en la memoria del procesador y no es fácil acceder a ella.
Total que el software, invisible, silencioso y más o menos sofisticado ofrece un montón de posibilidades, también para el fraude.


No me negarán ustedes que, visto lo visto, está justificado que pasara de la perplejidad a la inquietud. Porque, como decía al principio, casi todos los objetos y equipos que nos rodean incluyen software. ¿Es creíble, entonces, que solo Volkswagen haya caído en la tentación de utilizarlo de manera fraudulenta?, ¿no será este caso la punta del iceberg?, ¿cómo podemos estar seguros que nuestros contadores marcan el consumo real o que nuestros electrodomésticos son realmente eficientes energéticamente?, ¿quién nos garantiza que no estemos introduciendo en casa un software espía con nuestro teléfono móvil?


Un colega del Consejo de Redacción de AeI se preguntaba si la única posibilidad de controlar el potencial perverso del software no sería imponer como obligada la aplicación de software open source de forma que cualquiera pudiera acceder al mismo siempre que lo deseara.
¿Qué piensan ustedes?


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